lunes, 21 de octubre de 2019

Los caminos del cuervo


Has cruzado mundos y tiempos. Has recorrido los senderos del primer Edén, los templos de Grecia, las comarcas medievales y un bosque donde nacen los caminantes. Aprendiste que tus caminos no conducían a Roma, sino a esta noche que ensayaste durante esos días en que la felicidad de los reyes del aire consistió en esquivar las piedritas lanzadas por los pájaros de tierra o morir cambiando de cielo. Sí. Una noche… Una fría noche de diciembre.  Vuelas y te detienes frente a la ventana de una antigua casa. No abres el pico. Dejas hablar al silencio. Escuchas el sonido de una persiana, los movimientos de un hombre atormentado y te preguntas: ‘‘¿Eso es todo? ¿Nada más?’’. No. Esto recién empieza. El sujeto, sin saberlo, te deja entrar a su historia. Aleteas en su habitación y trepas un busto de Palas. Desde tus nuevas alturas observas a este hombre que sostiene un libro con sus manos temblorosas y en cuyos ojos adviertes los dolores más profundos de un alma que se hace visible en el reflejo de una llama que no deja de morir y renacer.  ¿Es, acaso, la mirada del infierno? ¿Son posibles los demonios y los ángeles en un solo parpadeo humano? Ambos son el tártaro y el paraíso.  Se miran, se desafían el uno al otro. Él quiere averiguar ‘‘tu nombre señorial en la plutónica orilla de la noche’’, te habla de una tal Leonor, te pregunta por ella, cuestiona el bálsamo de Galaad. Indaga, sufre, se derrumba en sus palabras. Sigues escuchando las preguntas de sus pupilas desesperadas. ‘‘¿Eso es todo? ¿Nada más?’’. No lo sabes, pero respondes: ‘‘Siempre’’. Tu lengua siempre dice ‘‘siempre’’. Él, desde otra oscuridad, parece no entender el mensaje o quizá lo interpreta según la forma en que aprendió a desaprender y rearmar las piezas de su universo a lo largo de la ¿vida? Por supuesto. No conocías el misterio, pero ‘‘siempre’’ lo supiste: ambos tienen su propia realidad y la multiplicidad de sus fantasías. En la tiniebla de babel no entienden sus idiomas y él decide expulsarte de la habitación. Debes marcharte… No lo haces. Te quedas ahí. Sigues aquí. Pero no se trata de un poema de Poe. No eres un cuervo o un profeta emplumado. Mejor dicho: eres más de un ave, eres todos los cuentos que leíste. También eres un lector. Un lector que deja de leer este libro y levanta sus ojos atormentados frente al busto de Palas para seguir observando al cuervo que pondrá fin a las historias con sus infinitas noches suspensivas…


De ‘‘Los caminos del cuervo’’

Omar Ochi




Nueve lobos


David contó hasta diez. Un aura mítica acariciaba esos árboles sin bocas ni lenguas delatoras, hacía danzar las hojas y se perdía en un paisaje sereno.
El niño abrió sus ojos verdes y comenzó a buscar a los otros nueve jugadores, que estaban escondidos en alguna parte del bosque. La luna llena tal vez serviría de punto de partida. La oscuridad era un pretexto para jugar a la luz.
Los buscaba por una larga alameda, por un laberinto de miedos y búhos. Pasaron veinte minutos. No podía encontrar las oscuras guaridas de sus amigos. Se alejó del tronco donde había iniciado la cuenta. Lanzó piedras y gritos a los lugares sospechosos. Llegó a un cementerio antiguo y se sintió agitado.
—¡Chicos! ¡Esto no es gracioso! ¡Me estoy aburriendo! ¡Si se escondieron por acá, están haciendo trampa! ¡Dijimos que no vale alejarse tanto! —exclamó. 
No hubo respuesta. Todo era un profundo silencio.
Intentó distanciarse del cementerio y, sin advertirlo, tropezó con una piedra casi invisible. En el suelo, se llenó de espanto al encontrar las ropas rotas de los otros niños. Se puso de pie. El aura se convirtió en un viento furioso. Se escucharon aullidos, estalló el sonido de la rabia.
Aparecieron uno, dos, tres, seis; nueve lobos alrededor de él. Se acercaban con sus colmillos y dos lunas llenas en sus ojos. Entonces, David comprendió de qué se trataba aquel instante.
Rio de manera extraña. Retrocedió unos pasos y empezó a correr. Sus perseguidores no le perdían huella. Los árboles, en el delirio o con bocas prestadas, parecían decirle:
—No vas a llegar, no vas a llegar… 
Con la última ligereza y las últimas fuerzas, alcanzó el tronco donde hace más de media hora había cerrado los ojos para que sus amigos tuvieran ventaja y pudieran hallar su escondite.
—¡Libre! ¡Libre a todos! Ahora le toca contar a otro —dijo, y antes de ser devorado, se convirtió en un árbol que habría de dormir el sueño de los inmortales.    
Tuvo razón: ‘‘Ahora le toca contar a otro’’. Así fue. La noche contó hasta diez: contó nueve niños convertidos en lobos y un árbol que seguía siendo niño.
¿Quién puede escapar del bosque?


De ‘‘Los caminos del cuervo’’

Omar Ochi




sábado, 19 de octubre de 2019

Obra de arte


«Si Dios es bueno, por qué permitió
que mi barquito se hundiera en el lago»,
le dice la niña al cartonero de la plaza,
quien, dentro de tres días,
regresará para escribir una historia
en la que una hermosa mujer
navega de noche en el cielo
y encuentra un pequeño navío de papel
donde alguien sangró veinte palabras:
«Era necesario que esa flor marchitara
para que te conviertas en el mejor poema
del jardín que algún día entenderás».


De ‘‘Veintidós tesoros para un caminante en la edad del sendero voraz’’

Omar Ochi