sábado, 19 de octubre de 2019

Obra de arte


«Si Dios es bueno, por qué permitió
que mi barquito se hundiera en el lago»,
le dice la niña al cartonero de la plaza,
quien, dentro de tres días,
regresará para escribir una historia
en la que una hermosa mujer
navega de noche en el cielo
y encuentra un pequeño navío de papel
donde alguien sangró veinte palabras:
«Era necesario que esa flor marchitara
para que te conviertas en el mejor poema
del jardín que algún día entenderás».


De ‘‘Veintidós tesoros para un caminante en la edad del sendero voraz’’

Omar Ochi



Cinco formas de estar solo


Si usted quiere conocer el rostro de la soledad,
deténgase frente a un espejo.
Descubrirá, entonces,
que la soledad no es un solo hombre,
sino dos semblantes ajenos
que se miran, se hablan, se gritan,
pero no se entienden entre ellos.

*
Salga a caminar por la urbe.
Camine hacia el sur. Muera hacia el norte.
Sumérjase en la continuidad de las formas,
en un océano de gente, bocinas, anuncios
y compruebe con su tristeza
que sigue caminando solo.

*
Regrese a casa. Entre sin meter bulla.
No salude a su familia.
Siéntese frente a una caja de mundos alternativos,
encienda la máquina,
conéctese a la red social del planeta burgués
y entienda que, entre fotos, muros,
diálogos e indiferencias virtuales,
se siente más solo que antes.

*
Apague la luz de su habitación.
Cierre los ojos. Huya de los días reales.
Sueñe la gloria. Invente un crucero.
Dígale a la mujer de sus sueños: «no te amo»,
«me da igual», «no quiero herirte».
Luego mire hacia adelante:
su propia soledad le da la espalda,
se aleja en la bruma, no cree sus mentiras;
usted es un perfecto idiota.

*
Ahora mire hacia atrás:
hay una sombra con un diccionario en la mano.
Lea el diccionario:
aprenda mil formas de vida solitaria.
Converse con la sombra.
Comprenda que la soledad no es una sola mujer,
sino todos los besos, batallas, pasiones
ojos que lo observan esta noche
y descubra, en este momento,




De ‘‘Los sabores del hambre’’

Omar Ochi



domingo, 6 de octubre de 2019

El hombre invisible


Decido ser invisible. Camino por las calles mendocinas haciendo todo lo que deseo. Veo a dos políticos en la vereda de enfrente, cruzo la calle, les bajo los pantalones. Luego subo a un colectivo sin pagar boleto. Disfruto un viaje de veinte minutos. Les cacheteo el trasero a algunas personas y, éstas, miran de reojo al pasajero que tienen al lado, lo insultan o lo empujan. Llego al Shopping, entro gratis al cine, a las tiendas de ropa femenina, espío los vestidores; bebo los vasos de jugo, licuados, capuchinos que las parejas distraídas acostumbran a pedir en los cafés y patios de comida. Bailo en las escaleras eléctricas, salgo del centro comercial, avanzo entre los árboles de la Avenida Acceso y un perro comienza a ladrarme. Al principio, ignoro su percepción. No obstante, cuando muerde una de mis piernas, corro asustado. Acelero cada vez más la velocidad de mis pasos y me doy cuenta de que varios caminantes pueden verme. Tres delincuentes me detienen, me amenazan con un cuchillo y me piden que les revele el secreto de la invisibilidad. Dejo de escribir...  Abandono esta historia, la notebook, la sala y me acerco a mi esposa, quien está sentada en el living. Le acaricio la espalda, la abrazo, intento besarla y esquiva mis labios: «Ahora no, amor. Mejor andá, seguí haciendo lo tuyo». Me dirijo a la habitación de mi hija, golpeo su puerta buscando un momento de atención. Me grita: «¡Estoy hablando con el Brian! ¡No jodan!». Entonces, cansado de ser más invisible que antes, regreso a mi escritorio, retomo el cuento, les respondo a los delincuentes: «Los espero mañana en la presentación de mi nuevo libro».


De ‘‘Cuarenta formas de ser invisible’’

Omar Ochi