domingo, 14 de febrero de 2016

Pedido de rescate



En esta calle sin nombre
no se solicita una mujer perfecta,       
tampoco la utopía
de dos espacios que forman
una figura que es, en su efecto,
ardiente por fuera e inmensa por dentro.

No hacen falta muñecas de plástico,
reinas de Saba, coronas fugaces,
poses de revista burguesa
o rostros que se pintan de soberbia
y olvidan que todas nacieron de un solo color
divisado en tantos colores intangibles
y cosas bellas del camino.

Sí. Cada una es bella a su manera,
pero no se trata de belleza
o apariencia o deseo
esta larga solicitud de ‘‘costilla’’.

En esta calle sin nombre
y sin postales de viento
se pide y se anhela una mujer
que tenga la pureza de esos ojos,
ese alumbramiento, esa desnudez,
imperfecta habilidad
de ser perfecta en todos sus errores
y en sus formas sutiles de ‘‘estar’’
o ‘‘estallar’’ en burbujas de histeria.

Se busca mujer que despierte
en medio de la vida
y al mirarse en el espejo
se considere naranja completa,
pero invente una supuesta mitad
que sirva de pretexto para conocerme.

Quiero un mundo
que tenga tu mirada, tu sencillez,
la medida de tus dudas,
el eco de tu sonrisa,
tus pasos en el aire,
tus siete maneras de caer hacia arriba
y desatar la locura
de correr juntos bajo la lluvia
mientras somos ricos en la pobreza.

¿Lo ves? Nadie encaja tanto
en este pedido de rescate.

No hacen falta muñecas, reinas, poses,
segundas o terceras
opciones de amor descartable.

Se solicita que, en cualquier ‘‘ahora’’,
vuelvas a pasar por esta calle sin nombre
con tus formas de transportarme al bosque
y con ese pretexto de media naranja
que me hacen elegirte todos los días.



De ‘‘Apto para toda piedra’’

Omar Ochi




lunes, 18 de enero de 2016

Los cuatro sueños de Malena

Malena, una hermosa niña de Guaymallén, soñó que entraba a una enorme tubería que la condujo al mundo del mar. Ahí nadó entre peces de diversos colores, imitó el movimiento de los pulpos luminosos, persiguió los caballos marinos y se llenó de asombro al ver una inmensa ballena que avanzaba en las aguas.  Sin embargo, hubo algo que llamó aún más su atención: un anciano nadaba pensativo y sin un rumbo. Malena tuvo ganas de acercarse a él y preguntarle en qué pensaba, pero prefirió seguir explorando el imperio acuático. Luego despertó…

En la noche siguiente, soñó que montaba un águila y volaba alegre en un cielo desde donde la vida se veía completa y maravillosa. Saludó a otros pájaros, a los aviones, al sol y llegó a las montañas más altas del mundo. Entonces vio al mismo anciano del sueño anterior sentado en una cumbre. Aquel hombre permanecía triste. Malena estuvo a punto de ordenarle al águila que la llevara hacia él para preguntarle qué le sucedía, pero no se animó a hacerlo. Después, todos los caminos del aire comenzaron a disolverse y Malena abrió los ojos en su cama. 

En la tercera noche, soñó que trepaba los árboles de una selva majestuosa, jugaba con los monos, se subía a los elefantes, les hacía cosquillas a los hipopótamos, escalaba los cuellos de las jirafas y le hacía un gesto de reverencia a un león. Pero dejó de divertirse cuando llegó a un pantano y vio al anciano con la cabeza agachada a la orilla de las aguas verdes. Se acercó a él, abrió su boca para preguntarle qué le pasaba, y, justo en ese momento, el sueño terminó.

En la cuarta noche, cerró los ojos en su habitación, entró al país del sueño y vio una ballena nadando en el aire, un águila volando en el agua y una selva que lentamente se fue transformando en un desierto. De pronto, vio al anciano llorando en las arenas. Corrió hacia él. Le preguntó:

–Señor, ¿qué le sucede?

–Quiero inventar la historia más hermosa del mundo, pero no se me ocurre ninguna idea que interesante – respondió el anciano.

– ¿Le puedo ayudar en algo?

–No creo, niña… Además, estás a punto de despertar en tu cama. Pero, si querés,  podemos seguir charlando en el mundo real. Buscame. Vivo en una humilde casa de adobe, justo a la vuelta de la tuya. Golpeá mi puerta y te abriré. Nos vemos pronto.

Después de aquellas palabras, Malena despertó asombrada. Se vistió, se escapó de su hogar y llegó agitada a la casa de adobe. Golpeó la puerta y, al instante, la atendió el mismo anciano de sus sueños, quien la miró y le dijo:

– ¡Hola, niña! ¿Puedo hacer algo por vos?

– ¿No se acuerda de mí? Anoche charlamos en un sueño –respondió Malena.

–No… No recuerdo haberte visto antes… Y mucho menos en un sueño –dijo él, mientras comenzaba a reír.

–Pero lo he soñado a usted varias noches. Primero en el imperio del mar, luego en los caminos del aire, luego en una selva y, finalmente, en un lugar donde se mezclaban los sueños anteriores. Y en cada uno de esos sueños, usted estaba triste.

El anciano se sintió maravillado al escuchar cada palabra de Malena. Tratando de disimular su asombro, le siguió la charla:

– ¿Sos de soñar cosas lindas como ésas todas las noches?

– ¡Sí! A veces he soñado cosas como una niña que se encoje y navega en una acequia con su barquito, una alta cumbre donde un cóndor y un águila luchan para ver quién se queda con un huevo de oro, y hasta un pájaro dibujando estrellas en el aire. ¿Pero eso qué importa? Le estoy hablando de los sueños en que usted ha aparecido, y hasta me contó que…

El anciano la interrumpió y, con una sonrisa en su rostro arrugado por los años, concluyó:

–Mirá, niña. Sinceramente no creo haberte visto en ningún sueño o haber estado en esos lugares que nombrás. Pero todo lo que decís es muy interesante y estoy sorprendido. ¿Sabés algo? Soy escritor y, justamente, necesitaba una buena idea. Puedo escribir cada uno de tus sueños, pero necesito que me contés todos los detalles y, por supuesto, también debo saber tu nombre.

Luego de aquella charla, fueron pasando las horas, los días, los meses y ambos se convirtieron en buenos amigos. También quedaron unidos para siempre en un tesoro de papel, pues el anciano escribió y publicó un libro llamado ‘‘Los cuatro sueños de Malena’’.


De ‘‘Los cuatro sueños de Malena’’


Omar Ochi













El cumpleaños del niño



Era una noche mágica en el campo: el esplendor de las estrellas, una suave brisa, el vuelo de las luciérnagas y el canto de los grillos. Alfredo y Marta cenaban al aire libre. La mesa estaba repleta de manjares y ambos charlaban acerca de los buenos momentos de su vida y se miraban a los ojos. Aún les brillaban las pupilas de solo verse en la mirada del otro, de solo amarse como en los viejos tiempos. Todo parecía perfecto, hasta que de pronto oyeron unos pasos. El sonido venía de los árboles más cercanos. Algo o alguien se movía entre los arbustos. 

— ¿Escuchaste eso, Alfredo? —dijo Marta, con la boca abierta y la piel como la de una gallina.
 
—Sí, lo escuché —respondió él, con el entrecejo fruncido y el tono grave de su voz.

— ¡Puede ser un puma!

—Marta, traeme la escopeta.

— ¡O a lo mejor… un lobo hambriento!

—Marta… la escopeta.

— ¡Ay, Amor! ¿Y si es un ladrón que nos quiere arruinar la fiesta?

— ¡Marta! ¡La escopeta! Haceme caso. Traé lo que te pedí. No nos va a pasar nada malo.

— ¡Está bien, está bien! Pero tené mucho cuidado ¿Sí?
.

Ella le trajo el arma, y entonces él se dirigió hacia la oscura arboleda. Caminaba lentamente por el pasto y sudaba gotas de miedo. Se metió entre los árboles... Caminó más despacio… Preparó la escopeta, y ahí lo encontró: era un niño… un niño lloraba desconsolado. Alfredo bajó el arma.

El pequeño tenía las ropas rotas, los pies descalzos y su llanto era conmovedor. Muy bella, su figura. Más hermosa, su mirada angelical.

—Eh, niño… ¿Qué te pasa? ¿Por qué llorás? —preguntó Alfredo.

—Es mi cumpleaños —respondió el niño.

— ¿Ah sí? Eso es muy lindo. ¿Pero qué sucedió?

—Las personas que quiero no se acordaron de mí. Y no pido regalos. No me interesan. Solo me gustaría un abrazo sincero, un plato de comida o algunas palabras de amistad.

—Ah… ya veo… ¿Y tenés familia?

—Sí, tengo.

— ¿Amiguitos?

—Sí, también tengo amigos.

— ¿Entonces qué pasó?

—Ya se lo dije: hoy se olvidaron de mí.

Por un momento, Alfredo no supo qué más decirle. Era triste ver llorar al niño, escuchar la ternura de sus palabras y observar cómo se esforzaba en sacarse las espinas y ahuyentar los bichitos de sus pies. Fue así como el hombre sintió compasión por el pequeño, le extendió la mano y le preguntó:

— ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? Mi esposa nos está esperando con los platos más exquisitos. Sí, eso suena bien. Nos está esperando a los dos.

El niño empezó a sonreír. Tenía una sonrisa humilde y hermosa. Respondió:

— ¡Me encantaría! Acepto su invitación. Esta noche voy a cenar con usted.

Eso dijo e, inmediatamente (ante la sorpresa de Alfredo) se convirtió en un pájaro y comenzó a volar dibujando estrellas en el aire. Luego, esas estrellas se unieron a los fuegos artificiales, a las manos unidas de las personas del pueblo, a las copas de sidra que se levantaban en un gesto de celebración, y también a los relojes que marcaban la hora de la Navidad. 


De ‘‘Los cuatro sueños de Malena’’

Omar Ochi