viernes, 10 de abril de 2015

Al gato que durmió en otoño

De tanto mirarme la nariz y la niebla
olvidé tu lugar en el mundo…

Olvidé los espacios infinitos
donde un hombre grita sus penas
y la noche le devuelve un maullido
para consolar el llanto de esta vida
que se nos pone difícil,
pero digna de ser tallada
en la piedra de la memoria.

Olvidé que el patio y la casa
se convierten en bosque y hogar
cuando me enseñas
a dejar mis guerras en la alfombra
para acariciar tu ‘‘no tiempo’’
y valorar el arte de las cosas sencillas.

Siempre recuerdo
la estética de los pasos
que definen el retrato de tu partida:

felino beso de la soledad,
árbol de vidas y muertes
luminosas como la sombra
de la eternidad que sigues trepando…


De ''Apto para toda piedra''

Omar Ochi






lunes, 16 de marzo de 2015

Carrera de barcos

lanzamos nuestros barcos
a esta aventura de infancia y acequia

perseguimos sueños
gritamos combatimos
jugamos a la vida

nos estremecemos ante una
                                        pequeña
                                             cascada

vemos hundirse la proa y la vela
de cada esperanza
y todos perdemos la carrera vital

callados y derrotados
hacemos otros barcos de papel



De ‘‘Historia del tiempo’’
Omar Ochi









sábado, 14 de marzo de 2015

Avalancha

   Afuera de la cabaña, la nieve caía impetuosa. Adentro, Claudia acercaba sus manos al fuego de la chimenea mientras Ariel le contaba una de sus historias… De pronto, el suelo empezó a temblar. Los amantes abandonaron sus sillas. Corrieron hacia la ventana. Vieron una enorme avalancha que se aproximaba a ellos y, en tan solo unos segundos, quedaron atrapados y sepultados en una tumba de hielo. Sin fuerzas, se besaron por última vez y los témpanos del invierno comenzaron a derretirse… ‘‘Buena historia, pero el desenlace es muy precipitado’’, dijo Claudia, interrumpiendo a su novio. ‘‘Sí, ya me parecía’’, contestó Ariel. Luego, ella volvió a acercar sus manos al fuego, él volvió a pensar en un nuevo cuento y, afuera, la nieve seguía cayendo como un mundo que se derrumba en historias blancas.


De ‘‘Quimeras en el aire’’

Omar Ochi







jueves, 12 de marzo de 2015

Los pasos en la noche

   Desde la penumbra de su habitación, la niña escucha un ruido que proviene de la sala. Corre hacia el armario. Se esconde entre las ropas que tal vez podrán refugiarla durante algunos instantes. Allí permanece en silencio. Oye el sonido de una mano que mueve el picaporte, la puerta que se abre, los pasos que avanzan por la pieza. Alguien se acerca… Se acerca lentamente… Abre el armario… Encuentra a la niña acurrucada entre remeras de verano y pantalones de invierno. Al verla, comienza a gritar: ‘‘¡Libre! ¡Libre a la Ivana!’’, y corre hacia el rincón del living donde hace unos minutos contó hasta diez.


De ‘‘Quimeras en el aire’’

Omar Ochi 



domingo, 8 de marzo de 2015

Otra confesión de Fedra

   Las luces y las sombras se apagan y se encienden ante el gemido innumerable de mi alma prisionera…

   Las mujeres de Grecia y del mundo son, indefectiblemente, una sola mujer. Lo sé porque, esta noche, todas sufren en mi cuerpo. Lo afirmo porque, a cada instante, ellas lloran en la tormenta de mis ojos, se ahogan como ninfas sumergidas en el vasto ponto de mi conciencia; se inclinan siete veces (setenta veces siete) ante una diosa inefable que ya no recuerda mi nombre mancillado.
   Soy Fedra, hija de Minos y Pasifae, esposa del rey de los lamentos, amante de un fuego indecible que, en realidad, me niego a amar con pasión. Pero esta pasión es el reino más hermoso de los hombres y las divinidades. Un reino que no puedo gobernar con mi nobleza. Un imperio que se expande cuando cierro mi boca o se derrumba lentamente cuando mi lengua, presa de las palabras que nunca digo, engaña al viento diciendo que aún permanezco fiel al matador del Minotauro.
   No puedo hablar de lealtad. No puedo compartir el lecho con Teseo sin pensar en otro hombre que despreció el amor y las cadenas de mi cautiverio (¡Oh, dioses, mátenme con la vida, sálvenme de mi yugo, destiérrenme de la ilustre ciudad de Tebas, pero no permitan que esta historia termine con el punto final que ya conocemos!).

   Las luces y las sombras se apagan y se encienden ante el silencio del Olimpo…

   Un nuevo día ha nacido. Mi amado Hipólito se aleja de su patria. Nadie sabe que estoy muriendo. El sueño de Morfeo se apodera de mi mente. Percibo una eterna noche y una oscura ribera aunque la luz del sol sigue alumbrando el cadáver del olvidado Faetonte.
   Al morir, dejaré de palpar el retoño y la sonrisa de mis hijos; no volveré a divisar los ríos, los mares, las praderas y las montañas de esta vida que no merezco. Sin embargo, puedo ver, en este preciso instante, un solo punto en medio de tanta existencia humana: el punto exacto donde confluyen viajeros y tiempos.
   Puedo contemplar una cofradía de doncellas que ignoran mi ausencia y lloran por otros hipólitos. Observo una multitud de poetas cuyas plumas proclaman distintas versiones de mi llanto.
   Dirán que me enamoré del hijo de mi esposo mientras éste volvía de los infiernos, le confesé mi pasión a Enona, acepté su consejo incestuoso, fui víctima de otras voces o un títere de Afrodita; fui rechazada por el domador de caballos, fui culpable de su futura desgracia y me maté con el filo de una espada, la crueldad de una soga o el veneno de Medea que todavía corre en mis venas.
   Dirán que, en mí, un joven odió a las mujeres. Dirán que envidié a su amada Aricia. Dirán que un monstruo emergió del océano para convertirse en el segador de la sangre inocente, o, tal vez, afirmarán que ese monstruo fui yo (podrán suponer que mil leones huyeron de mi boca o, por primera vez, escribí una carta para refugiarme en la soledad de los poetas que siempre mienten al confundir la vida con una ficción).
  Dirán que conocen el ‘‘cuándo’’, el ‘‘cómo’’, el ‘‘dónde’’ de mi muerte; mas no sabrán que, con esta daga de impotencia en mi vientre y esta confusión de morder y amar la vida a cada momento, muero todos los días.

   Las sombras y las luces se apagan en el final de la última escena...
  
   El palacio se derrumba. Grecia se disuelve como un espejismo en el desierto. Entonces cae el telón. Luego, junto a mis compañeros de actuación, saludo al público con un gesto de gratitud. Regresamos al vestuario. Comenzamos a quitarnos los disfraces. Somos intérpretes de un largo sueño. Siempre fuimos artistas de una antigua ilusión.
   Ellos me felicitan, me agradecen, elogian las palabras elegantes de mi libreto sin saber que en verdad he llorado. Sin embargo, esta noche (al igual que otras veces) me voy insatisfecha del teatro, pues he  advertido que, mientras caía el telón, entre tanta gente ovacionada, hubo solo dos manos que no me aplaudieron. Quizás el tiempo, como un espectador silencioso, se aburre de mirar, una y otra vez, la misma tragedia.     

   

 Cuento premiado en el III Certamen Literario Ediciones El Escriba 2013: ‘‘Palabras escritas, palabras dichas’’ (Buenos Aires).

Omar Ochi





viernes, 10 de octubre de 2014

Palabras de Fredy Yessed



   Con alegría recibí este mensaje del talentoso escritor colombiano Fredy Yessed, a quien tuve el honor de conocer en persona y leyó mi obra ‘‘Historia del tiempo’’:

   Apreciado Omar. Buenas tardes. Gracias por tu invitación y tu amistad. Leí tu libro en el camino de vuelta a Buenos Aires. En principio, quiero felicitarte por lo logrado hasta el momento. Eres joven y has sido prolífico, algo que siempre me costó mucho. Segundo, son poemas que no hablan mal de ti. Hay unidad y un universo, si bien sencillo, entregado al misterio. Del libro, me gustó en especial el primer poema, es un laberinto sutil. 



lunes, 24 de febrero de 2014

Según vuelan los pájaros


                                    A mi sobrina Malena Ochi.


Anoche, mientras oías la canción de la inocencia
y danzabas y reías y eras feliz en mis brazos,
me puse a pensar
(aunque pensar es romper muñecos de porcelana)
que mañana dejaré de ser tu tiempo, tu barco,
tus puertos, tus payasos, tu superhéroe
y caminarás por las calles donde empiezan tus alas.

Tres pasos, seis cuadras, nueve kilómetros
y preguntarás los nombres de la vida,
crecerás hacia adentro y hacia el costado,
te caerás de tu primera bicicleta,
los llantos dejarán de ser monedas.
Comprarás cuadernos, carteras, teléfonos,
vestidos que pasan de moda a cada instante
y sentirás, cuando alcances todo y no tengas nada,
que hay otros tesoros en la isla de las confluencias.

Alguien te besará a escondidas del mundo
y tus padres no sabrán que, por primera vez,
has volado a cien metros del suelo.
Te harán llorar una historia de ilusiones rotas
y entenderás que ahora
no puedes comprar el amor, negociar esta lágrima, 
esos caprichos, aquella utopía;

pero nacerás en las lluvias de invierno,
atraparás diluvios, desnudarás una gota,
domarás relámpagos, sembrarás rivales y aliados,
caminarás altiva por la vereda del buitre,
te verás sonreír en tu fiesta de graduación;

elegirás tu carrera, un nuevo cielo, nuevos rumbos
o trabajarás en la tienda
donde nadie compra lo que no se vende:
tus ojos de niña y tu esencia de mujer,
tus castillos inciertos y el insomnio de tus juguetes.

Por eso vive, sueña y baila, viajera.
Juega mientras existe la vida,
escucha esta lenta canción de cuna.
Disfruta la tierra y el puerto de mis brazos
porque mañana, en la hora de la primavera,
soltaré tu mano
                         y volarás… 


De ‘‘Apto para toda piedra’’
Omar Ochi







sábado, 16 de noviembre de 2013

Zoológico de ilusiones

 


   Cada mañana el niño de enfrente, al verme salir de mi departamento, me hacía caras de mono, conejo, chancho y  otros animales. Sucedió todos los días de la última primavera. Soporté sus burlas como quien se acostumbra a convivir con un zoológico de ilusiones. Pero una tarde de verano decidí responder a cada uno de sus gestos. Me paré en su vereda. Dirigí la vista a su ventana situada en el segundo piso, y él, desde allí, empezó a reír y dibujó con sus gesticulaciones la cara de un gato irónico. Respondí con el ladrido de una bestia rabiosa. Sorprendido, se esforzó en revertir mi ataque simulando un rugido de tigre. Seguro de mi victoria, grité como un indio salvaje y arrojé una lanza invisible. La esquivó, se mostró atemorizado, levantó los brazos en posición de vuelo y se lanzó desde la ventana. 
   No estoy seguro de haber sentido culpa o risa cuando lo vi tirado en el césped. Sólo recuerdo que su padre, al salir del hogar y ver a su hijo llorando como un ave herida, ni siquiera me retó. Tomó al niño entre sus brazos, le besó la frente y, como un canguro, lo llevó saltando hacia la entrada de la casa.



De ‘‘Quimeras en el aire’’

Omar Ochi